Bendito vacío

Ives_Klein

 

Finales de los 50. Dino Buzzati el escritor de esa larga metáfora de la soledad y la espera que es “El desierto de los tártaros” acaba de comprar una “zona de sensibilidad pictórica inmaterial” esto es, un trozo de vacío significativo, al pintor Yves Klein.

El precio: algunas piezas de oro (mitad de las cuales serán arrojadas al río) y un certificado de compra (que quemarán juntos en la orilla). Un intercambio inmaterial que, sin embargo, consagra el vacío.

¿Qué posesión es la suya? ¿Qué pérdida es la suya, que no hubiera perdido antes del trato?

Celine

Celine

Mezcla absurda de lucidez y ceguera, de cinismo y fanatismo, de compasión y locura, Celine no necesitó profesar o sentir amor por sus semejantes, para tratarlos. Era médico y realizaba su trabajo como otros, que tratan de hacer bien el suyo. Era su profesión. Una cuestión de habilidad. Le gustaba la risa. Siempre lo acompañó una mueca burlona, de histrión. ¿Se tomaba él mismo enserio? Es casi seguro, hasta cierto punto. Nadie resiste la ocasión de ver cuánto ha descendido. Su vida misma provoca una mueca irónica, una sonrisa de condescendencia o revancha en los que se consideran sus víctimas. No perdía ocasión para ver lo hilarante que resultaban las acciones de los hombres. Sabía provocar. Sospechaba malas intenciones, cañerías y profundidades podridas en cada uno de sus semejantes y rara vez se equivocaba. Pero sentía compasión por los animales, que era honesta. Decidió, entre todas las formas de abyección (incluida la vida, incluida la fama), la menos confesable (el odio furioso por los judíos), pero no la menos reprochable, ya que todas lo son…

El Silencio lo es todo

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Andreas Fischer

 

Algo hablará por nosotros en ausencia del poema. Algo será nosotros, sin que fuera su culpa. Algo hablará cuando ya no estemos. Algo hablará en ausencia incluso de la propia ausencia: cuando nuestro nombre sea borrado del olvido propio o ajeno. Algo será por nosotros. Callará de nosotros. Vivirá sin nosotros. Cerrado o abierto (una pupila que se dilata o retrae). Algo hablará gracias a la paradoja de su inexistencia.

“Pido el silencio”

 

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“Pido el silencio” dice Pizarnik.

Pedir es esperar. El silencio, el verdadero, no depende de mí. Llega, adviene. El silencio que depende de mí es el callar. Los latinos, dice Barthes, distinguen entre Tacere (el silencio del lenguaje) y Silere (la ausencia de ruido en la naturaleza). Pero no hay tal ausencia de sonido en el mundo. Lo que hay es sonidos amortiguados, disimulados o muy espaciados entre ellos. Lagunas de tranquilidad, nunca de insonoridad.

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Acerca de la profundidad

La profundidad no la da el tono (que cada vez es más fingido), ni la correcta enunciación de la frase, ni las citas que abundan por doquier, ni los buenos sentimientos, ni las palabras cuyo significado se usan para confundir. Hay escritores que escriben para no decir nada: los catálogos de los museos, los comentarios de las obras, las reseñas de la poesía, algunas obras de la poesía. Todas tan vacías, tan pretenciosas, que producen vergüenza.

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Acerca del significado del silencio

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I

 

La palabra silencio no es silenciosa.

Aún si está escrita en un texto, aún si alguien evita pronunciarla.

Tampoco es ruidosa.

Ninguna palabra lo es. Platón decía de los libros que son una mudez que habla. Lo único realmente capaz de decir el Silencio es el silencio mismo. Y en tal caso no lo dice, lo calla. La única forma de ser fiel al silencio es no decirlo. El silencio es la única cosa que es igual a su ausencia. Allí donde no hay palabra (porque no existe o es innecesaria), está el silencio. Contrario al Dios que dice: “[…] donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. ¿Pero es una cosa el silencio? Señala algo del mundo. Y tomamos conciencia de ese algo desde el momento en que se convierte en palabra. Silencio es la palabra que usamos para referirnos a:

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Baudelaire

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No necesitaba ser rico, para mantener su elegancia. En la miseria, ese rasgo le distinguía. Su frente era amplia, perlada del sudor de la enfermedad. Su cabello largo apestaba a humedad. Tal vez cubría el hedor con “Eau de Cologne”. Los labios eran finos, tensos, ponderativos, presuntuosos. Sus ojos, cansados, abotargados y, sin embrago, incisivos. Como todo gran voluptuoso, veía a través de las intenciones de la gente o eso pretendía. Imaginativo en el gozo, era cándido para todo lo demás. Todas sus amantes le engañaban. Duros, sus ojos, hablaban de lo que habían visto, de largas noches en vela, por el exceso de placeres o de deudas. Ha conversado con el diablo, al que tiene por íntimo y del que, sin embargo, descree. Ha ahogado su desesperación en la belleza. El precio fue la sífilis y no sintió que hubiera pagado un precio demasiado alto por ella.